En ese momento, una oscuridad empezó a subir por mi cuerpo, sentí que me estaba resistiendo. Tenía mucho miedo. Mi corazón empezaba a latir cada vez más rápido, las lágrimas recorrían mi rostro y sentía que un hueco se hacía cada vez más grande en mi pecho. Estaba en una lucha por querer salir del lugar al que la oscuridad me estaba llevando, pero cada vez veía menos dónde estaba y mucho menos podía vislumbrar la salida. Quería gritar y pedir ayuda, pero no había nadie. Al final decidí entregarme por completo y caer en lo más profundo.
En medio de esa tormenta que me abrazaba, sus palabras hicieron eco profundo en mí. Realmente no estoy segura de si era la primera vez en mi vida que en medio del caos podía detenerme a observar en vez de pelear o renunciar, pero pude descubrir muchas cosas valiosas de mí misma. Vi conexiones, pistas, experiencias que quizá expliquen algo de lo que estaba viviendo.
Poco a poco me fui acostumbrando a la oscuridad. El ritmo de mi corazón empezó a bajar, la tormenta aún continuaba, pero pude levantarme. Intenté descubrir alguna fuente de luz. Mis intentos fueron en vano, así que empecé a caminar.
Conforme iba caminando, me di cuenta de que estaba empezando desde otro punto. Había llegado a un lugar invadido por el silencio y una tranquilidad que iba apaciguando la tormenta; empecé a ver nuevos caminos que no había recorrido.
En medio de todos esos caminos que están apareciendo a mi vista, también las preguntas se hacen presentes: ¿He estado ya antes en algo parecido? ¿Cuál es el anhelo de mi corazón? ¿Cómo quiero caminar de ahora en adelante? ¿Qué quiero llevar?
El camino no es claro con respecto a dónde me llevará. Conforme voy caminando el camino se va iluminando poco a poco. Estoy confiando en mis pasos.
La lluvia va cesando conforme pasan los días. Poco a poco voy volviendo a mí.